Llevaba días pensando en hacer un artículo `para explicar que en los casos de aparatos milagrosos como son las bombillas “eternas”, los descalcificadores de imanes, los ahorradores de electricidad así como las publicidades engañosas como las de Calgón, las tabs o cápsulas del detergente Ariel, y tantas y tantas opiniones que llevan a la contradicción, como ocurre por ejemplo en mi artículo donde explico cómo OEP ELECTRICS pretende que sea el que niegue la anormalidad quien debe demostrar su falsedad, o sea, a quien corresponderla la carga de la prueba. 

Como decía, estaba yo barruntando explicar este tema para que cada vez que salga algún nuevo “invento” quede bien claro que quien tiene que demostrar que funciona es el inventor, no quien no cree en él, cuando me llegó este comentario, dejado en mi artículo por Ricardo. Lo voy a transcribir para luego seguir con el tema. Dice así: 
“Hola, me llamo Ricardo y solo quiero hacer un comentario, cuando alguien dice algo sorprendente (por ejemplo: que una bombilla dura toda la vida o que en su casa tiene un unicornio) es él el que debe demostrar que es cierto, no los demás que no lo es, un unicornio, de existir, dejaría pruebas de su existencia, de no existir, no puede dejar pruebas de ningún tipo, ni de existencia ni de no existencia.”
Pues bien Ricardo tiene más razón que un santo. Cuando alguien dice algo sorprendente, debe ser él quien demuestre que lleva razón, no al contrario. Los primeros legisladores de la historia, que nos legaron sus leyes, fueron los romanos. Es más, todavía hoy los estudiantes de derecho tienen una asignatura muy importante que es el DERECHO ROMANO. Ellos fueron los primeros (que tengamos constancia) en legislar sobre estos casos que llamaron el “onus probandi” (o carga de la prueba) .
Así pues el onus probandi latino, que en español llamamos “la carga de la prueba”, es un principio jurídico fundamental que establece quién debe probar un hecho determinado. Y es que en derecho se dice que “lo que es normal, se presume que lo es, pero lo que es anormal, hay que probarlo. Si yo digo hoy, 30 de Agosto, que en el lugar donde habito, Castelldefels, en la playa, a 20 kms. al sur de Barcelona, hace calor y está lloviendo, nadie lo pondrá en duda. Pero si dijera que hoy hace un frío glacial y que está nevando copiosamente, todos lo pondrían en duda. Para convenceros, tendría yo que demostrarlo (no mis lectores demostrar que no es cierto) o bien que una entidad oficial, como la estación meteorológica del cercano aeropuerto de Barcelona lo certificara, o saliera por las noticias de televisión con imágenes.
Vuelvo al comentario de Ricardo, donde con una sencillez aplastante da ejemplos cabales de a quien corresponde la Carga de la Prueba. Dudo que la ley deje esta frase más clara que como la expresa nuestro lector.
Esta afirmación se traduce jurídicamente como que “quien invoca algo que rompe el estado de normalidad, debe probarlo (“afirmante incumbit probatio”: a quien afirma, incumbe la prueba). Básicamente, lo que se quiere decir con este aforismo es que la carga o el trabajo de probar un enunciado debe recaer en aquel que rompe el estado de normalidad (el que afirma poseer una nueva verdad sobre un tema).” 
Aplicaremos ahora esta “carga de la prueba” a un caso concreto: las bombillas que, según Benito Muros, duran 100 años. Todos sabemos que las bombillas tienen una duración limitada y que pueden funcionar años, pero nadie se había atrevido a decir que una bombilla (la suya) durará 100 años. Eso significa que esta afirmación sale de la normalidad (que dure unos años) para pasar a la anormalidad (que dure 100 años, o más), lo que representa una afirmación. Por consiguiente, la “carga de la prueba”, o sea, demostrar que quien tal afirma tiene razón, debe ser demostrado por quien lo dice (Benito Muros) no quien, al tratarse de una “anormalidad” no se lo cree. 
Y eso mismo, amigos lectores, pasa con tantos y tantos artilugios milagrosos que no deberíamos siquiera considerar si no nos presentan la prueba. Pero como dice la ley, es quien sale de la normalidad quien debe demostrar que lleva razón. Y eso, ni Benito Muros, ni los fabricantes o vendedores de artilugios como los ahorradores de electricidad, ni descalcificadores que eliminan la cal con un par de imanes fijos, que le quitan el mal sabor, que dejan el pelo más limpio y no te pica la espalda cuando te duchas, y tantas y tantas estupideces, quedan dentro de lo que se llama publicidad engañosa, timo, estafa, tomadura de pelo, engaño, robo, etc. Y todo eso, si no se demuestra lo contrario, está perseguido por la Ley. Pero a alguien le toca perseguirlo. Mas si como sucede en España, todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario (y eso vale para todo) estos vividores nos estarán engañando durante lustros pues como dicen algunos incautos sabiondos “demuestra tu que no es cierto”. Y se quedan tan anchos como los poderes del estado de derecho, que no hacen valer la obligación que los consumidores estemos protegidos por las leyes y no a merced de estafadores y tramposos que no buscan sino su propio beneficio, y las reclamaciones las derivan siempre “al maestro armero”, figura que como es sabido, no existe.
Ya sé que clamar en el desierto es una tontería que no conducirá a nada, pues seguiremos viendo, leyendo y oyendo en los medios de comunicación a estos farsantes que nos roban el dinero sin que ningún estamento público se moleste en exigir responsabilidades, pero a mí sí me va a servir este artículo, pues ante cualquier atropello, mi respuesta va a ser: no me corresponde a mí demostrar que eso es falso: la carga de la prueba te toca a ti, estafador.